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Nicole Martín Medina

Gestora Cultural – Abogada/MBA

El cuento del pequeño león que quería ser un gran Rey de la Selva

Lecciones de liderazgo desde la sabana

Lecciones de liderazgo

El pequeño león caminaba aquella mañana junto a su padre entre las hierbas altas del Serengeti. El sol apenas había terminado de salir y la sabana despertaba lentamente: algunas cebras avanzaban hacia el agua, las jirafas permanecían inmóviles entre los árboles y, a lo lejos, una manada de hienas discutía ruidosamente por algo que probablemente ninguna recordaría media hora después.

El cachorro caminaba orgulloso al lado del viejo león. Últimamente hacía muchas preguntas. Demasiadas, según algunas leonas de la manada. Pero el padre nunca parecía molesto por ello.

De hecho, aquella mañana había decidido enseñarle algo importante.

—Hijo mío —dijo el viejo león mientras seguían avanzando despacio—. Algún día tendrás que cuidar de otros. Y antes de aprender a rugir, cazar o defender el territorio, debes entender algo mucho más difícil: cómo no destruir a tu propia manada desde dentro.

El cachorro levantó inmediatamente las orejas.

—¿Destruirla? ¿Cómo?

El viejo león no respondió todavía.

Simplemente continuó caminando hasta detenerse frente a un enorme edificio de cristal cuyos ventanales daban directamente a la sabana. Años atrás, a algún humano especialmente creativo se le había ocurrido construir una gigantesca multinacional de eventos en mitad del Serengeti. Nadie entendía muy bien por qué, pero allí estaba: decenas de humanos elegantemente vestidos en medio del territorio de cebras, hienas y jirafas.

El pequeño león llevaba ya un buen rato observando fascinado el interior.

—Papá… —preguntó finalmente—. ¿Qué hacen?

El viejo león levantó la vista lentamente.

Dentro del edificio había unas treinta personas moviéndose de un lado a otro. Algunos cargaban carpetas. Una señora de pelo gris tecleaba muy rápido mientras miraba constantemente hacia una puerta cerrada al fondo del pasillo. Dos hombres discutían delante de una impresora con una intensidad impropia de una especie supuestamente evolucionada. El que parecía el jefe del batallón caminaba nervioso sujetando una botella de agua y un listado lleno de subrayados fluorescentes.

El viejo león observó la escena unos segundos antes de responder.

—Hijo mío… eso quisiera saber yo también. Pero es importante que lo observes bien. Porque si algún día diriges una manada, debes entender exactamente en qué momento los grupos dejan de funcionar como una familia… y empiezan a comportarse como animales asustados unos de otros.

El cachorro abrió mucho los ojos.

—Creo que preparan una conferencia —añadió finalmente el padre.

Los humanos habían aprendido a cruzar océanos, a observar galaxias lejanas y hasta a caminar sobre la luna. Sin embargo, allí dentro, aquella mañana, parecían incapaces de organizarse entre ellos mismos para colocar un simple cartel de “Acceso a la sala”.

—¿El cartel va en esta puerta o en la otra?
—No sé… mejor pregunta primero.
—¿A quién?
—Espera, no lo pongas todavía.
—¿Y si se enfadan después?
—Sí… mejor confirmar antes.

Cinco minutos más tarde el cartel seguía apoyado contra la pared.

El cachorro inclinó lentamente la cabeza.

—Pero… ¿por qué no lo colocan y ya está?

El viejo león soltó una pequeña risa grave.

—Porque hace mucho tiempo que dejaron de moverse unos junto a otros sin miedo.

Dentro del edificio apareció una jovencita claramente alterada.

—Perdón… ¿las acreditaciones van en horizontal o vertical?

Tres personas dejaron inmediatamente lo que estaban haciendo.

Se acercaron.

Analizaron el asunto.

Debatieron.

Finalmente decidieron esperar autorización.

El cachorro abrió mucho los ojos.

—Papá… ¿de verdad llegaron a la luna así?

El viejo león suspiró lentamente.

—Sí, hijo mío. Imagínate lo que podrían haber conseguido si hubieran aprendido antes a confiar unos en otros.

En ese momento, otro grupo de humanos discutía alrededor de una mesa situada en mitad del pasillo.

—Creo que molesta aquí.
—Sí, pero no podemos moverla sin decirlo.
—¿Y dónde está el jefe?
—No sé, alguien fue a buscarlo.
—Bueno… muévanla un poco entonces.
—No, no tanto.
—Así tampoco.
—Mejor volver a ponerla donde estaba.

La mesa regresó solemnemente a su posición original.

Exactamente tres segundos después, otro humano dobló la esquina, tropezó violentamente con ella y todos comenzaron a correr otra vez.

El cachorro dio un pequeño salto hacia atrás.

—¡Pero si estaba molestando!

—Sí —respondió el padre con calma—. Ellos también lo sabían.

El pequeño león permaneció unos segundos en silencio, observando el edificio.

Desde fuera, la escena tenía algo extrañamente triste. Ninguno de los humanos parecía realmente relajado. Todos actuaban como si cualquier movimiento pequeño pudiera provocar una estampida entera de hienas invisibles. Como si cada decisión tuviera el potencial de despertar problemas ocultos entre la hierba alta.

Y quizás, pensó el viejo león, alguna vez había sido exactamente así.

Porque los humanos no inventan todos sus miedos. Algunos nacen después de demasiados golpes.

El problema aparece cuando una manada vive tanto tiempo reaccionando así… que termina confundiendo el error con el peligro.

Entonces dejan de avanzar con naturalidad.

Empiezan a mirarse constantemente entre ellos antes de cada paso.

Y poco a poco ocurre algo todavía peor: dejan de confiar en su propio criterio.

El cachorro seguía observando fascinado el edificio.

—Pero… si trabajan juntos, ¿no deberían ayudarse unos a otros?

El viejo león observó nuevamente a los humanos antes de responder.

—Hijo, no soporto verlos así… pero quiero que esto te sirva de lección para el día en que tengas que cuidar de tu propia manada.

El cachorro levantó las orejas.

—Si tu manada no puede moverse sin tu aprobación constante, no la estarás liderando. La estarás asfixiando… y poniendo en peligro.

El pequeño león guardó silencio.

—Las leonas saben perfectamente cómo cuidar de las crías sin preguntarme cada movimiento. Los exploradores saben detectar peligros antes de que yo los vea. Los jóvenes aprenden observando, equivocándose y corrigiendo juntos. Así es como una manada sobrevive desde hace generaciones.

El viejo león volvió a mirar hacia el edificio.

Dentro del pasillo, alguien parecía buscar desesperadamente autorización para usar una grapadora.

—Cuando los miembros de una manada dejan de pensar por sí mismos, normalmente no es porque sean inútiles —continuó el padre—. Es porque aprendieron que cada decisión trae consecuencias dolorosas. Y cuando eso ocurre durante demasiado tiempo, dejan de decidir. Esperan órdenes. Esperan aprobación. Esperan permiso hasta para respirar.

El cachorro seguía escuchando atentamente.

—Nunca cometas el error de crear dependencia, hijo mío. Un gran rey no crea animales obedientes. Crea animales libres. Capaces. Crea responsabilidad, criterio y confianza dentro de la manada.

El viejo león hizo una pausa breve.

—Debes enseñarles dónde están los límites, qué peligros existen y hacia dónde avanza la manada. Pero dentro de ese espacio… deben poder moverse solos. Pensar solos. Aprender solos. Incluso equivocarse.

El cachorro miró otra vez hacia el edificio.

Ahora dos humanos parecían discutir sobre quién debía autorizar el uso de una grapadora para documentos oficiales.

Dentro del edificio, alguien acababa de formular la pregunta definitiva:

—Perdón… ¿se puede usar esta grapadora o hay otra autorizada para documentos oficiales?

El cachorro abrió mucho los ojos.

En ese mismo instante, la señora de pelo gris levantó la vista del ordenador.

—¡No esa! ¡La azul es solo para documentos internos!

El silencio fue inmediato.

La jovencita de las acreditaciones soltó lentamente la grapadora.

Dos hombres comenzaron a discutir otra vez.

Alguien salió corriendo a buscar al jefe.

Y mientras tanto, afuera, el viento de la sabana arrastraba lentamente el cartel de “Acceso a la sala”, que seguía sin colocarse desde hacía más de una hora.

El pequeño león observó cómo el papel desaparecía entre la hierba alta.

Después levantó lentamente la vista hacia su padre.

—Papá… entonces el problema no es que no sepan pensar.

El viejo león suspiró despacio.

—No, hijo mío. El problema es que hace demasiado tiempo que dejaron de hacerlo. No te confundas: los humanos son capaces de crear cosas extraordinarias. Pero a veces olvidan algo muy simple… ninguna manada sobrevive demasiado tiempo, y ningún rey de la selva perdura, cuando todos tienen miedo de pensar, de decidir y de ser ellos mismos.

El cachorro permaneció callado unos segundos.

La sabana volvía poco a poco a su calma habitual.

—Espero que hayas entendido la lección de hoy —añadió finalmente el viejo león mientras comenzaba a caminar lentamente entre la hierba alta.

El pequeño león lanzó una última mirada hacia el edificio de cristal.

Dentro, los humanos seguían discutiendo sobre la grapadora.

—Sí, papá… volvamos a casa entonces.

 

Nicole Martín Medina

Las Palmas de Gran Canaria

Mayo 2026

 

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